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Disco del Mes |
"Augusto
Enríquez y la bola que sube"
Por: Jorge Fiallo
La entrega de nuestro augusto músico en el CD La
bolita, con su derroche de buen sabor y espontánea
expresión musical, se caracteriza y viene calzada con
un increíble nivel de seriedad dado por el hecho de que
cada cual sabe muy bien lo que se propone y lo que hace, desde
los solistas, arreglistas, instrumentistas y todos los que intervienen
en el proceso de grabación, edición, masterización
y balance, en cualquier sentido, de la obra de arte que hay presente
en este disco.
Aquí se evidencia que no es posible encasillar a un intérprete
tan polifacético e inquieto como Augusto Enríquez.
Ni falta que hace, porque en cada vertiente que aborda se impone
nuevos retos que lo preparan mejor para la siguiente.
Ahora este CD La bolita, del sello EGREM, que
sigue una saga abierta en su antecesor Carambola (para
los sellos RCA Víctor en el 2000 y Unicornio en el 2002), vuelve
al mambo alternado con el bolero en el formato de jazz band al
estilo de nuestros años cincuenta, coqueteando discretamente
en algunos casos con las raíces de géneros como la
rumba "sin vanas pretensiones", como apunta modestamente
a modo de desagravio (innecesario donde no hubo ofensa), en las
notas que el mismo cantante agrega a las de Sigfredo Ariel y a
las del italiano Gianni Miná, co-productor del fonograma
junto a Emilio D' Alessandro y Joan Manuel Serrat.
Es todo lo contrario: hay que quitarse el sombrero para reconocer
el modo en que tan múltiple proyección ha preparado
a este músico, que lo es de pies a cabeza, para enriquecer
su arte interpretativo con una alto grado de conciencia y sólidas
aspiraciones estéticas, más allá del puro
derroche de sus virtudes vocales.
Hay alma, corazón y vida en este joven cantante, que ha
podido sorprendernos con propuestas tan variadas como sus anteriores
incursiones desde lo más tradicional a las proyecciones
escénicas del folklore, en la cancionística trovadoresca,
cuando fue voz líder del Grupo Moncada, incursionando en
un pop espectacular vocal y escénicamente hablando,
actuaciones con Paddy Malone, Boyz II Men y Miriam Makeba, Joan
Manuel Serrat, con el guitarrista Phil Manzanera y hasta cantando
junto a una estrella de la ópera como Luciano Pavarotti
quien, ciertamente, rompiendo prejuicios y complejos en lo que
respecta a su propia carrera, lo acogió en su escenario
del Palacio de Novi Sad, en Modena, y le regaló en bandeja
de plata a su público, en un acto de entrega desinteresada,
si nos ubicamos desde la que pudiera ser la óptica de un
divo del arte lírico mundial, pero que desde cualquier óptica
fue para Augusto Enríquez un reto del cual salió en
una verdadera marcha triunfal (que podemos imaginar con las notas
que le puso Verdi a la de su ópera Aída).
Pero este reto de ahora no es menor, que cada género es
un mundo con sus especificidades, sus propias leyes gravitacionales,
y le depara grandes sorpresas a quien se lanza en su exploración.
Y, claro está, ya no es posible volver ingenuamente con
una supuesta imagen inmaculada de los estilos interpretativos de
antaño como si no hubieran existido ni el pop, el rock ni
el filin, ni las aproximaciones más diversas incluso
a la ópera y sus técnicas, y al aprovechamiento de
modos y proyecciones de la voz entrenada, con o sin amplificación,
de manera que podemos tropezar de momento con ligeros o remotos
contactos entre los más diversos universos musicales.
Esto no hace más que ensanchar, junto a las posibilidades
del intérprete, nuestra capacidad de asombro y disfrute
como oyentes-participantes de este acto al que nos convoca, porque
esta música combina y balancea muy bien la incitación
a bailar y los "arrumacos" del bolero, como los describe
Gianni Miná en sus notas, como si fueran la explosión
y expansividad de una onda contagiosa alternada y balanceada con
la implosión e intimidad de sentimientos que calan bien
adentro.
Aquí están presentes la buena afinación,
la contundente proyección y el apoyo de la voz, la colocación
adecuada a cada género, porque la gracia está en
que lo guapachoso suene pleno y contagioso, lo lírico y
poético abriendo y cerrando en los márgenes adecuados
(que el tiempo ha ido ensanchando, claro está, y los medios
sonoros, que por eso es el reto de acoplarse con la jazz band).
El manejo de tales matices dinámicos y de color vocal-instrumental
se destaca entonces como un recurso más en el saldo positivo
que nos deja este CD, con una bolita que unas veces sube y otras
baja, según los picos y mesetas expresivas entre la euforia
y la contención, pero jugando con el máximo rigor
artístico.
Un último detalle, pues no por gusto el CD figura entre las
nominaciones del Cubadisco 2005 en el rubro de antología:
igual que en su predecesor Carambola, hay números antológicos
hechos historia en nuestra música, lo cual entraña
un reto adicional por los referentes que tanto mundo recorrieron
en una época en que Cuba estuvo también en el centro
de atención de músicos, bailadores y oyentes del orbe.
Es un salto mortal del que sale bien posicionado, disipando cualquier
duda entre los iconoclastas de tal o cual intérprete, porque
los arreglos y la concepción interpretativa es, en todos los
casos, lo suficientemente original como para no ofender la memoria
que de ellos guardamos. Es, obviamente, la mejor señal de
respeto por su legado.
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