Disco del Mes

CD-0686.
La bolita
Augusto Enríquez y su Mambo Band

"Augusto Enríquez y la bola que sube"
Por: Jorge Fiallo

La entrega de nuestro augusto músico en el CD La bolita, con su derroche de buen sabor y espontánea expresión musical, se caracteriza y viene calzada con un increíble nivel de seriedad dado por el hecho de que cada cual sabe muy bien lo que se propone y lo que hace, desde los solistas, arreglistas, instrumentistas y todos los que intervienen en el proceso de grabación, edición, masterización y balance, en cualquier sentido, de la obra de arte que hay presente en este disco.

Aquí se evidencia que no es posible encasillar a un intérprete tan polifacético e inquieto como Augusto Enríquez. Ni falta que hace, porque en cada vertiente que aborda se impone nuevos retos que lo preparan mejor para la siguiente.

Ahora este CD La bolita, del sello EGREM, que sigue una saga abierta en su antecesor Carambola (para los sellos RCA Víctor en el 2000 y Unicornio en el 2002), vuelve al mambo alternado con el bolero en el formato de jazz band al estilo de nuestros años cincuenta, coqueteando discretamente en algunos casos con las raíces de géneros como la rumba "sin vanas pretensiones", como apunta modestamente a modo de desagravio (innecesario donde no hubo ofensa), en las notas que el mismo cantante agrega a las de Sigfredo Ariel y a las del italiano Gianni Miná, co-productor del fonograma junto a Emilio D' Alessandro y Joan Manuel Serrat.

Es todo lo contrario: hay que quitarse el sombrero para reconocer el modo en que tan múltiple proyección ha preparado a este músico, que lo es de pies a cabeza, para enriquecer su arte interpretativo con una alto grado de conciencia y sólidas aspiraciones estéticas, más allá del puro derroche de sus virtudes vocales.

Hay alma, corazón y vida en este joven cantante, que ha podido sorprendernos con propuestas tan variadas como sus anteriores incursiones desde lo más tradicional a las proyecciones escénicas del folklore, en la cancionística trovadoresca, cuando fue voz líder del Grupo Moncada, incursionando en un pop espectacular vocal y escénicamente hablando, actuaciones con Paddy Malone, Boyz II Men y Miriam Makeba, Joan Manuel Serrat, con el guitarrista Phil Manzanera y hasta cantando junto a una estrella de la ópera como Luciano Pavarotti quien, ciertamente, rompiendo prejuicios y complejos en lo que respecta a su propia carrera, lo acogió en su escenario del Palacio de Novi Sad, en Modena, y le regaló en bandeja de plata a su público, en un acto de entrega desinteresada, si nos ubicamos desde la que pudiera ser la óptica de un divo del arte lírico mundial, pero que desde cualquier óptica fue para Augusto Enríquez un reto del cual salió en una verdadera marcha triunfal (que podemos imaginar con las notas que le puso Verdi a la de su ópera Aída).

Pero este reto de ahora no es menor, que cada género es un mundo con sus especificidades, sus propias leyes gravitacionales, y le depara grandes sorpresas a quien se lanza en su exploración. Y, claro está, ya no es posible volver ingenuamente con una supuesta imagen inmaculada de los estilos interpretativos de antaño como si no hubieran existido ni el pop, el rock ni el filin, ni las aproximaciones más diversas incluso a la ópera y sus técnicas, y al aprovechamiento de modos y proyecciones de la voz entrenada, con o sin amplificación, de manera que podemos tropezar de momento con ligeros o remotos contactos entre los más diversos universos musicales.

Esto no hace más que ensanchar, junto a las posibilidades del intérprete, nuestra capacidad de asombro y disfrute como oyentes-participantes de este acto al que nos convoca, porque esta música combina y balancea muy bien la incitación a bailar y los "arrumacos" del bolero, como los describe Gianni Miná en sus notas, como si fueran la explosión y expansividad de una onda contagiosa alternada y balanceada con la implosión e intimidad de sentimientos que calan bien adentro.

Aquí están presentes la buena afinación, la contundente proyección y el apoyo de la voz, la colocación adecuada a cada género, porque la gracia está en que lo guapachoso suene pleno y contagioso, lo lírico y poético abriendo y cerrando en los márgenes adecuados (que el tiempo ha ido ensanchando, claro está, y los medios sonoros, que por eso es el reto de acoplarse con la jazz band).

El manejo de tales matices dinámicos y de color vocal-instrumental se destaca entonces como un recurso más en el saldo positivo que nos deja este CD, con una bolita que unas veces sube y otras baja, según los picos y mesetas expresivas entre la euforia y la contención, pero jugando con el máximo rigor artístico.

Un último detalle, pues no por gusto el CD figura entre las nominaciones del Cubadisco 2005 en el rubro de antología: igual que en su predecesor Carambola, hay números antológicos hechos historia en nuestra música, lo cual entraña un reto adicional por los referentes que tanto mundo recorrieron en una época en que Cuba estuvo también en el centro de atención de músicos, bailadores y oyentes del orbe. Es un salto mortal del que sale bien posicionado, disipando cualquier duda entre los iconoclastas de tal o cual intérprete, porque los arreglos y la concepción interpretativa es, en todos los casos, lo suficientemente original como para no ofender la memoria que de ellos guardamos. Es, obviamente, la mejor señal de respeto por su legado.