El tiempo y la memoria

Ibrahím Ferrer

Por José Manuel García Suárez

Este 20 de febrero cumpliría 80 años Ibrahím Ferrer un cantante que dejó sorprendidos a muchos cuando -sin proponérselo y casi por casualidad-, con setenta años ascendió a la plataforma que lo llevaría definitivamente a la fama internacional, demostrando que junto a su modestia, su sencillez y su sonrisa de hombre noble, convivía el carisma de un artista capaz de conquistar el mundo como lo hizo.

Natural de la localidad de San Luis, próxima a la ciudad de Santiago de Cuba, cuentan las anécdotas que en lo que pudiera interpretarse como un vaticinio del destino, poco faltó para que su nacimiento se produjera en un salón de baile del Club Aponte, donde estaba presente su madre cuando se le presentó el parto.

A la edad de trece años se inició en el canto con un grupo llamado Los jóvenes del son, que se dedicaba a amenizar fiestas de barrios, pasando posteriormente a integrar diferentes conjuntos como el Wilson, el Sorpresa y el Maravilla de Beltrán, hasta ingresar en la legendaria orquesta Chepín de Electo Rosell, con la que colocó una gran cantidad de éxitos, entre los que destaca el antológico son montuno El platanal de Bartolo.

Paradójicamente siempre anheló cantar boleros, pero los directores de las agrupaciones a las que perteneció se empeñaron en que defendiera casi exclusivamente al son y la guaracha, géneros a los cuales les imprimía un sabor bien particular, destacándose por sus improvisaciones, siempre provistas de gracia e imaginación.

En 1953 entró al grupo de Pacho Alonso –años después bautizado con el nombre de Los Bocucos-, agrupación con la cual se trasladó en 1959 a La Habana. Ocho años después, el 29 de abril de 1967, Pacho se separa de la orquesta y pasa Ibrahím entonces a ocupar la responsabilidad de cantante principal, junto a la estelar voz segunda de Carlos Querol, hasta 1991, año en que toma la decisión de retirarse por completo de la música.

Pasaron seis años y todo parecía indicar que había finalizado así su carrera artística, cuando la vida le dio un vuelco inesperado al recibir una invitación de Juan de Marcos González, para participar en una de las sesiones de grabación del disco Buena Vista Social Club, producido por Ry Cooder, quien andaba en busca de un cantante con un timbre agradable para el bolero. Ibrahím, sin demasiado interés y fundamentalmente por no ser descortés, accede después de mucha insistencia a grabar un tema, terminando por participar en doce de los catorce tracks del álbum. Fue tal el impacto alcanzado que ese mismo año regresa a los estudios para grabar con la orquesta Afro Cuban All Stars, el disco A toda Cuba le gusta.

Buena Vista resultó ganador de un Grammy y vendió más de cinco millones de copias, siguiéndole poco tiempo después el título Buena Vista Social Club presenta a Ibrahím Ferrer, su primer disco en solitario, que también acumuló ventas millonarias y fue nominado al Grammy Latino en las categorías de Mejor Nuevo Artista, Mejor Interpretación Tropical Tradicional, Mejor Ingeniería de Grabación para un Álbum y Productor del Año, alzándose un veterano como Ibrahím nada menos que con el título de Artista Revelación luego de sesenta años de carrera artística.

Surgía así un fenómeno comercial que sirvió para poner a la música cubana en la cresta de la promoción internacional, generándose a partir de entonces innumerables conciertos en infinidad de países, que llevaron a Ibrahím a los escenarios más importantes del mundo, desde el Carnegie Hall de Nueva York, hasta el Palau de la Música de Barcelona, donde realizó su última presentación internacional en el verano del 2005, al participar en la inauguración del Festival Más i Más como parte de la campaña de promoción del álbum Mi sueño: a bolero songbook, con el que logró al final de su vida materializar su viejo anhelo de grabar un disco como bolerista, con ese sentimiento tan especial por el que muchos críticos llegaron a llamarlo "El Nat King Cole de la Música Cubana".

Su voz aparece registrada en múltiples compilaciones de la EGREM, entre las que pudieran destacarse títulos como De Cuba son, Cubanos y famosos o Son del mundo, pero hay dos discos en particular que son fieles testimonios de la trayectoria de esta figura imprescindible de la música cubana: Mis tiempos con Chepín y su orquesta oriental (CD 0451), donde junto al cubanísimo Platanal de Bartolo, aparecen otros éxitos como Mi oriente, El botellero y Monte adentro; y el álbum Tierra Caliente (CD 0308) grabado durante su etapa de permanencia en Los Bocucos, en el que sobresalen temas como Compositor confundido, Viene de la tierra caliente, La chica del granizado y Todavía me queda voz.

Mezcla de sorpresa y profunda tristeza fue la reacción del público ante la noticia de su muerte el 5 de agosto del 2005, acostumbrado a ver en él a un cantante lleno aun de vigor, que a pesar de sus setenta y ocho años seguía desarrollando una activa carrera profesional, entregándolo todo en cada una de sus salidas a escena.


Ibrahim Ferrer